12 agosto 2014

Reyes borbónicos. El siglo XIX (Segunda parte). Isabel II.

El reinado comenzó, pues, con una guerra. La primera guerra civil de la historia contemporánea de España, aunque no la primera guerra, como hemos visto. Dado que la reina era una niña, su madre se hizo cargo de la regencia. Ella, hija y esposa de reyes aún absolutos, hubiera preferido gobernar con plenos poderes, pero quienes estaban dispuestos a otorgárselos se habían aliado con su archienemigo y cuñado, Carlos María Isidro. Así que no tuvo más remedio que apoyarse en quienes querían limitarle los poderes a la monarquía, los liberales. Poco a poco fue introduciéndolos en su gobierno, aunque prefiriendo a los menos liberales, más conservadores. Por decirlo así, los liberales más cercanos al absolutismo. Por eso, una vez ganada la guerra, los liberales más liberales buscaron el apoyo del general que la había ganado y le ofrecieron el liderazgo y el gobierno. Baldomero Espartero aceptó ambos encantados y encabezó un golpe de estado, que tampoco era el primero ni sería el último de la convulsa historia española, para expulsar a María Cristina de la regencia y ocuparla él mismo. Corría el año 1840 y la reina tenía sólo 10 años.
Una vez en el poder, Espartero se propuso imponer la libertad en España. Imponerla como fuera, incluso a cañonazos, como cuando bombardeó Barcelona para acabar con las protestas contra el arancel que quería eliminar para favorecer la competencia, aunque eso arruinara a los industriales textiles catalanes. Acostumbrado a ordenar y mandar en los cuarteles, quiso ordenar y mandar en toda España. Y poco a poco fue perdiendo apoyos, incluso de los que se suponía que lideraba, los liberales más liberales.
Otros generales, principalmente Narváez, aceptaron la petición de los liberales no tan liberales, que ya empezaban a denominarse como moderados, para acabar con la tiranía esparterista. Un nuevo golpe de Estado, una nueva caída de gobierno y, ¿un nuevo regente? La reina, en el año 1843 en que se produjeron estos acontecimientos, tenía 13 años. Esa edad parecía poco apropiada para presidir un consejo de ministros, pero con 13 años, en apenas tres más sería declarada mayor de edad y el nuevo regente dejaría de serlo y estaría apartado del poder. Y los planes de Narváez daban para más de tres años. Mejor declararla mayor de edad ahora y cuando la reina se viera incapaz de tomar una decisión, estar a su lado para asesorarla y, claro, decidir por ella.
Así pues, con 13 años, Isabel fue declarada mayor de edad y reina efectiva de España. Su gobierno estaría presidido por el general Ramón María Narváez, el "espadón de Loja". Inició entonces un ambicioso programa de reformas, que debía convertir España en un estado liberal, pero con moderación, donde la libertad se compaginara de forma natural con el orden y la autoridad. La Guardia Civil, cuerpo por él creado en 1844, intentaba reflejar ese ideal.
En el ámbito político, decidió aprobar una nueva Constitución, cosa que hicieron las Cortes en 1845. Durante la regencia de María Cristina se había aprobado un Estatuto Real, en 1834, básicamente para atraer a los liberales con promesas vagas de unas futuras Cortes. En 1837, como esas promesas no terminaban de confirmarse, la reina regente se había visto obligada a aprobar una Constitución, entre el humo de los primeros conventos e iglesias que ardieron en España, los tiros de los descontrolados y las bayonetas de los militares impacientes. Además, en ese momento gobernaban fugazmente los progresistas, que hicieron efímeras pero profundas reformas: la desamortización de Mendizábal o esta Constitución son buenos ejemplos de ello. Una Constitución avanzada para la época, que eliminaba aspectos revolucionarios de la del 12, pero asentaba los principios progresistas, con algunas concesiones a los moderados. En 1845, con los moderados firmemente consolidados en el poder, la Constitución no tenía concesión alguna. La monarquía recortaba sus poderes, pero seguía siendo una institución fuerte. Junto a esta Constitución se puso en marcha toda otra obra legislativa que pretendía introducir a España en la senda de la Codificación, con algunas realizaciones y otros proyectos. Todo un programa de reformas que ciertamente cambiaron el sistema político de España, aunque la economía seguía siendo agrícola (con una burguesía tendente a la terrateniencia y abandonando otros proyectos comerciales o industriales que hacían progresar a otras naciones europeas) y la sociedad, en la que ya todos eran iguales ante la ley, seguía anclada en un clasicismo que prácticamente era estamental.
Diez años ejerció Narváez, directa o indirectamente, el poder, hasta que los progresistas, hartos de quedar fuera del juego del poder, decidieron recuperarlo de la única manera que podían hacerlo en aquel reinado, por la fuerza. Espartero fue sacado de su retiro logroñés para encabezar un nuevo gobierno en el que el verdadero hombre fuerte era otro general, Leopoldo O'Donnell. O'Donnell era un exmoderado, que como no podían destacar por encima de Narváez, decidió cambiar de bando liberal, algo bastante frecuente en el XIX, para apoyar este golpe, aunque desde su nuevo partido, la Unión Liberal. Fue por tanto un gobierno de alianzas y equilibrios, de apariencias y complejidades. Nuevo impulso progresista, con una nueva ley desamortizadora, impulsada por el ministro Pascual Madoz, y nuevo proyecto de Constitución, que no llegó a nacer. No tuvo tiempo porque en dos años, O'Donnell se había cansado de equilibrios y buscó cualquier excusa para que la reina pudiera retirar el apoyo forzado que había prestado a estos liberales y pudiera entregarle a él el poder en exclusiva.
Dueño absoluto del poder, O'Donnell pensó que la mejor manera de que los españoles dejaran de matarse y pelearse entre sí era que mataran y pelearan con otras naciones. Así que mandó al ejército, con el apoyo entusiasta de población, militares y políticos, nostálgicos del imperio perdido por Fernando VII, el "rey felón" a estas alturas, por esos mundos de Dios, a engrandecer el honor español frente al sultán de Marruecos, siempre regateando en los tratos comerciales, al emperador de México, morosillo él con diversos países europeos, o la mismísima Conchinchina. Mientras estaban pendientes de la Conchinchina, los españoles se olvidarían un poco de su gobierno. Aún no se había inventado el fútbol. El caso es que en estas operaciones empezaba a destacar un nuevo general, Juan Prim, que adquirió una popularidad sólo igualada en nuestros tiempos por los astros balompédicos. Tanta popularidad, debió pensar Prim, debería servir para algo más que para ondear en lo alto de un mástil.
Pero todo pasa y hasta la reina Isabel se cansó de tanta campaña. Y dejó de poder pagarlas. Así que O'Donnell se quedó sin argumento para seguir gobernando. La reina, una vez más, confió en sus moderados, a quienes entregó de nuevo el poder en 1863. Narváez una vez más movía los hilos del gobierno de España. Y esta vez no se los iban a arrebatar tan fácilmente. Endureció su gobierno, persiguió a sus enemigos, hasta que estos tuvieron que marcharse del país para defender su pellejo. Eso o intentar derribar militarmente al gobierno, único recurso político eficaz para los progresistas. Éstos, ya liderados por Prim, habían decidido unirse a otros descontentos, demócratas y hasta republicanos, para acabar no ya con el gobierno de Isabel II, sino hasta con la propia Isabel II, que cada vez que tenía oportunidad bloqueaba la llegada al poder de los progresistas. En la ciudad belga de Ostende firmaron un pacto en el que se comprometían a actuar juntos para derrocar a la reina. Lo que se hiciera después ya se vería. Lo importante ahora era derrocar a la reina. 
Los últimos años del reinado de Isabel fueron de endurecimiento del gobierno cada vez que había una nueva intentona. Y éstas no faltaron, cada año. La represión era durísima y el gobierno no dudaba en dictar y ejecutar decenas de sentencias de muerte tras cada nuevo asalto. Pero estos no cesaban, hasta que finalmente, el de septiembre de 1868 alcanzó su objetivo. La reina intentó una tímida resistencia, pero ante la realidad militar de los hechos, no tuvo más remedio que tomar un tren desde su veraneo en las vascongadas y marchar precipitadamente a Francia. Se iniciaba un periodo, que duraría seis años, liderado por Prim hasta que le descerrajaron tres tiros. Un gobierno provisional (con nueva Constitución en 1869), una monarquía extraña, la de Amadeo de Saboya, el primero de su nombre y una explosiva I República es todo lo que hizo falta para que el pueblo que había echado a patadas a la monarquía borbónica, la recordara ahora y suspirara por ella y su retorno, que no tardaría en producirse.

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