Cayó la dictadura de Primo de Rivera y con ella cayó la monarquía de Alfonso XIII. Vino la República, con sus primaverales aires de reforma, libertad y democracia. También con sus tormentas de rencores, anticlericalismos y sectarismos. El rey marchó a un exilio del que ya no regresaría en vida, falleciendo una década después sin haber renunciado a sus derechos al trono. Mientras tanto, en España la República había sido finiquitada por un grupo de generales que eligieron a Franco como cabeza visible, el cual aprovechó la oportunidad para aferrarse al poder con uñas y dientes. Al fallecer Alfonso XIII la monarquía no parecía ser una opción posible, lo cual provocó todo tipo de enfrentamientos entre los monárquicos. La primera cuestión era ver quién se hacía con la jefatura de una familia tan extensa como problemática. Don Juan, sexto hijo del rey, cuarto varón, fue finalmente quien ostentó dicha jefatura. Su hermano mayor, Alfonso, primogénito y heredero del rey, nació hemofilico y contrajo matrimonio morganático, por lo que hubo de renunciar al trono. El segundo, Jaime, era sordomudo de nacimiento, por lo que su padre también le obligó a renunciar a sus derechos al trono de España, no así a sus derechos al trono de Francia. Fernando, el tercero de los varones, nació muerto.
Así pues, don Juan fue el jefe de la familia real española durante la larga dictadura del general Franco. Las relaciones entre ambos pasaron por diversas fases. Don Juan creía que la devolución de la corona a su legítimo propietario -él mismo- era cosa hecha, y prácticamente se lo exigió a Franco. Éste, maestro en conservar el poder, se resistió y fue dando largas a don Juan y a la monarquía. A la vista de que no llegaba la esperada Restauración, hubo que cambiar de estrategia. Primero posponer la monarquía a un momento mejor, luego enviar a Juan Carlos a España para que se formase bajo la vigilancia de Franco, que podría así crear a su propio delfín, con el que todos estarían contentos.
En 1947 Franco aprobó la "Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado", una de las 8 Leyes Fundamentales que iría aprobando a lo largo de su largo mandato. En ella se establecía que España se constituía en Reino, siguiendo la tradición histórica. Ahora bien, la Jefatura del Estado correspondía al "Caudillo de España y de la Cruzada (sic), Generalísimo de los Ejércitos, don Francisco Franco Bahamonde". No obstante, en cualquier momento el Jefe del Estado podía proponer a las Cortes la persona que debía ser llamada en su día a sucederle, a título de Rey o de Regente. Es decir, que Franco se reservaba el derecho a decidir quién sería el rey de España, cuando él muriese.
Esta decisión no la tomó Franco hasta 1969, 22 años después de aprobarse la Ley de Sucesión. Durante todo este tiempo, los distintos candidatos al trono intentaron ganarse el favor del Caudillo, así como las distintas tendencias monárquicas que los apoyaban. De esta manera, durante esos 22 años Franco tuvo a las distintas facciones monárquicas pendientes de él y evitando cualquier tipo de conflicto con el régimen.
Finalmente, el elegido fue Juan Carlos. Durante los años que aún vivió Franco, el conocido como Príncipe de España mantuvo un perfil bajo. Se trataba de evitar que Franco diese marcha atrás, dejando que pensara que lo dejaba todo "atado y bien atado", de forma que Juan Carlos respetase el juramento de fidelidad a los principios fundamentales del Movimiento y ocupase siempre ese segundo plano y dejase a las instituciones franquistas hacer la política.
El 22 de noviembre de 1975, dos días después de la muerte de Franco, Juan Carlos fue proclamado Rey de España. En su discurso de coronación ya advirtió que quería ser "el rey de todos los españoles", de los franquistas y los no franquistas, de los que vencieron la guerra civil y de los que la perdieron. Muchos vieron en aquella expresión un anuncio de reconciliación y de... ¿democracia?
Juan Carlos I había sido designado por Franco y había jurado los principios del Movimiento. Flojos avales para emprender una tarea democratizadora. Sin embargo, fue dando pasos agigantados a un ritmo vertiginoso. Impuso a Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno. Con él, logró hacer una transición "de la ley a la ley", es decir, de las Leyes Fundamentales de la dictadura franquista a la Constitución democrática de 1978. No hubo ruptura jurídica y se evitó la ruptura social. Había nacido finalmente una monarquía parlamentaria, democrática y equiparable al resto de monarquías europeas.
Durante el reinado de Juan Carlos I España ha logrado integrarse en Europa y alcanzar un nivel de desarrollo social y económico como nunca antes había tenido a lo largo de su historia. Es cierto que quedan muchos flecos pendientes, que el pacto de silencio que hasta ahora ha existido en los medios de comunicación sobre la monarquía han tapado muchas de las miserias del rey, y que el modelo autonómico del Estado auspiciado por esta monarquía está en crisis. Aún así, los logros han sido muy potentes.
Y lo mejor de todo es que esos logros, así como las deficiencias políticas, económicas o sociales del sistema, no dependen ya de la voluntad o el capricho de una única persona, de un rey que acumule más o menos poder. El progreso y los logros españoles son más bien fruto del trabajo cooperativo y compartido por todos los millones de ciudadanos que cada día salen de sus casas y construyen esta sociedad, para bien y para mal.
Ahora, cuando apenas se han cumplido 100 días del reinado de Felipe VI, son muchas las incertidumbres que se ciernen sobre la monarquía y sobre el país. Pero queda, sobre todo, la ilusión y la esperanza de un futuro mejor, más igualitario y democrático. Ojalá muchos españoles salgan de sus casas cada día con el empeño de unir, crecer y ayudar a los demás.
En 1947 Franco aprobó la "Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado", una de las 8 Leyes Fundamentales que iría aprobando a lo largo de su largo mandato. En ella se establecía que España se constituía en Reino, siguiendo la tradición histórica. Ahora bien, la Jefatura del Estado correspondía al "Caudillo de España y de la Cruzada (sic), Generalísimo de los Ejércitos, don Francisco Franco Bahamonde". No obstante, en cualquier momento el Jefe del Estado podía proponer a las Cortes la persona que debía ser llamada en su día a sucederle, a título de Rey o de Regente. Es decir, que Franco se reservaba el derecho a decidir quién sería el rey de España, cuando él muriese.
Esta decisión no la tomó Franco hasta 1969, 22 años después de aprobarse la Ley de Sucesión. Durante todo este tiempo, los distintos candidatos al trono intentaron ganarse el favor del Caudillo, así como las distintas tendencias monárquicas que los apoyaban. De esta manera, durante esos 22 años Franco tuvo a las distintas facciones monárquicas pendientes de él y evitando cualquier tipo de conflicto con el régimen.
Finalmente, el elegido fue Juan Carlos. Durante los años que aún vivió Franco, el conocido como Príncipe de España mantuvo un perfil bajo. Se trataba de evitar que Franco diese marcha atrás, dejando que pensara que lo dejaba todo "atado y bien atado", de forma que Juan Carlos respetase el juramento de fidelidad a los principios fundamentales del Movimiento y ocupase siempre ese segundo plano y dejase a las instituciones franquistas hacer la política.
El 22 de noviembre de 1975, dos días después de la muerte de Franco, Juan Carlos fue proclamado Rey de España. En su discurso de coronación ya advirtió que quería ser "el rey de todos los españoles", de los franquistas y los no franquistas, de los que vencieron la guerra civil y de los que la perdieron. Muchos vieron en aquella expresión un anuncio de reconciliación y de... ¿democracia?
Juan Carlos I había sido designado por Franco y había jurado los principios del Movimiento. Flojos avales para emprender una tarea democratizadora. Sin embargo, fue dando pasos agigantados a un ritmo vertiginoso. Impuso a Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno. Con él, logró hacer una transición "de la ley a la ley", es decir, de las Leyes Fundamentales de la dictadura franquista a la Constitución democrática de 1978. No hubo ruptura jurídica y se evitó la ruptura social. Había nacido finalmente una monarquía parlamentaria, democrática y equiparable al resto de monarquías europeas.
Durante el reinado de Juan Carlos I España ha logrado integrarse en Europa y alcanzar un nivel de desarrollo social y económico como nunca antes había tenido a lo largo de su historia. Es cierto que quedan muchos flecos pendientes, que el pacto de silencio que hasta ahora ha existido en los medios de comunicación sobre la monarquía han tapado muchas de las miserias del rey, y que el modelo autonómico del Estado auspiciado por esta monarquía está en crisis. Aún así, los logros han sido muy potentes.
Y lo mejor de todo es que esos logros, así como las deficiencias políticas, económicas o sociales del sistema, no dependen ya de la voluntad o el capricho de una única persona, de un rey que acumule más o menos poder. El progreso y los logros españoles son más bien fruto del trabajo cooperativo y compartido por todos los millones de ciudadanos que cada día salen de sus casas y construyen esta sociedad, para bien y para mal.
Ahora, cuando apenas se han cumplido 100 días del reinado de Felipe VI, son muchas las incertidumbres que se ciernen sobre la monarquía y sobre el país. Pero queda, sobre todo, la ilusión y la esperanza de un futuro mejor, más igualitario y democrático. Ojalá muchos españoles salgan de sus casas cada día con el empeño de unir, crecer y ayudar a los demás.
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