Hace poco más de un año, el Papa Francisco publicó su Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium", repleta de frases y fragmentos para la reflexión y aplicables no sólo a la tara evangelizadora de la Iglesia, sino a muchísimos otros ámbitos. Me fijo hoy en uno de ellos, el recogido en el número 33 del documento. Si le cambiamos la palabra "pastoral" por "educación" y "misión" por "innovación", "pastoral" por "pedagógico" y "evangelizadores" por "didácticos", es una verdadera joya, del que tenemos mucho que aprender y aprovechar los educadores. El fragmento, con las sustituciones que he indicado, quedaría así:
"La educación en clave de innovación pretende abandonar el cómodo criterio pedagógico del "siempre se ha hecho así". Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos didácticos de las propias comunidades. Una postulación de los fines sin una adecuada búsqueda comunitaria de los medios para alcanzarlos está condenada a convertirse en mera fantasía. (...). Lo importante es no caminar solos, contar siempre con los hermanos (...)".
Así redactado, parece la fórmula de cualquiera de esos gurús de la educación que pululan por congresos, conferencias, cursos y blogs, proclamando la necesidad de una reforma global de la educación. Aquí tenemos el análisis más profundo sobre las dificultades de la educación del siglo XXI, resumida en tan sólo 5 palabras: seguir anclados en el "siempre se ha hecho así". Generalmente, en los colegios esa afirmación es complementada por otra, igual o más demoledora, también de 5 palabras: "cada maestrillo tiene su librillo". Pero parémonos en la primera.
Los centros que hoy son referencia mundial de la educación, con frecuencia han sido centros al borde de la desaparición, provocada por desajustes de todo tipo, incoherencias pedagógicas y, en definitiva, un fracaso escolar masivo. Valgan como ejemplo el Colegio Montserrat de Barcelona o la Escuela Primaria Grange anterior a la llegada de Richard Gerver. Escuelas en las que la receta "más de lo mismo" se veía reforzada por cada fracaso en la aplicación de dicha receta. Porque si los alumnos fracasaban había que darles "más de lo mismo", puesto que "siempre se ha hecho así". Hasta que alguien se detuvo y dijo basta. Y comenzó, con la audacia y creatividad que pide el Papa, a repensar objetivos, estructuras, estilo y métodos. Y todo comenzó a fluir. Y hoy son referentes mundiales. Seguramente el proceso no fue fácil ni rápido, pero fue. Se atrevieron a repensar, mantuvieron lo que su experiencia aportaba de positivo y decidieron hacer algo bueno.
Otros colegios llegan a alcanzar un éxito en determinados aspectos, lo que puede, quizás, hacerle olvidar otros, que también son importantes. A estas alturas, no creo que haga falta justificar la necesidad de desarrollar en las aulas los diversos talentos que pueden guardar muchos alumnos que suelen pasar desapercibidos o incluso fracasar por no saber expresarse por escrito, o razonar de manera lógico-matemática. Está muy bien que alguien gane el Nobel de Literatura o de Economía, pero no todos lo lograremos. Y ni siquiera creo que esa sea la misión de la escuela. Pero sí dar herramientas para la vida y, si puede ser, una vida feliz. Tarea que, a veces, puede resultar más dificil que ganar el Nobel. Hay incógnitas más importantes que las de las ecuaciones de segundo grado y es necesario protagonizar historias, no sólo recordar las de siglos ya pasados. Para ayudar a los alumnos a alcanzar una vida feliz, estoy convencido que podemos hacer mucho sin nos atrevemos a repensar y buscar formas nuevas de hacer las cosas.
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