Se acerca el final del reinado de Juan Carlos I. Hoy ha aprobado el Congreso la Ley de Abdicación, que ahora pasará al Senado, donde previsiblemente se aprobará con la misma facilidad que en el Congreso y si todo sigue su curso, en unos días subirá al trono de España el nuevo rey Felipe VI. Haciendo memoria (uy, perdón), haciendo Historia de los reinados de los anteriores borbones, en un rápido repaso (hoy del siglo XVIII), nos encontramos lo siguiente:
El primero de la dinastía Borbón fue Felipe V, que reinó entre 1700 y 1746. Para poder consolidar el trono tuvo que enfrentarse al Archiduque Carlos en una guerra que duraría nada menos que 14 años. La Guerra de Sucesión acabó con el Tratado de Utrecht, por el que entre otras cosas se cedía Gibraltar a los ingleses, algo aún no superado por la psicología colectiva española, y la toma de Barcelona por un ejército enviado por el rey de España, algo aún no superado por la psicología colectiva catalana.
A mediados de su reinado, en medio de una de sus frecuentes etapas "melancólicas" abdicó en su hijo Luis I. Era enero de 1724, pero en el verano de ese mismo año el muchacho contrajo viruelas y no sobrevivió. No tuvo mucha suerte ese segundo rey Borbón, que tan sólo pudo reinar 229 días. De hecho, hoy casi nadie se acuerda de él. Su padre, forzando la legalidad sucesoria, por no decir que dando un golpe de Estado, recuperó la corono y siguió reinando hasta su muerte. El resto del reinado fue de vaivenes emocionales y políticos del rey y del reino.
A Felipe V le sucedió un segundo hijo, Fernando VI, entre 1746 y 1759. Este pobre hombre intentó continuar la política reformista de su padre, cosa que hicieron más bien sus ministros porque él no estaba para muchas políticas. Los desórdenes emocionales de su padre se convirtieron en su caso en manifiesta locura. Murió sin descendencia, por lo que tuvo que sucederle otro hijo de Felipe V.
En efecto, Carlos III fue el tercer hijo de Felipe V que llegó al trono, aunque su madre fuera en este caso la segunda esposa de dicho rey, Isabel de Farnesio. La obsesión de esta señora fue buscarle una buena colocación a su hijo, por lo que teledirigió la política exterior española para conseguirlo. Así pues, Carlos hizo sus prácticas como rey de Nápoles, donde pudo asistir como tal al descubrimiento de las ruinas de Pompeya y financiar sus primeras excavaciones. No obstante, al quedar vacante el trono de España (y sus colonias americanas) por la muerte de su hermanastro, Carlos no lo dudó (ni su madre tampoco) y se vino a coronar. Hasta su muerte en 1788 se dedicó a intentar modernizar y racionalizar la administración española bajo los principios del despotismo ilustrado.
Todas esas reformas fueron frenadas en seco por su hijo, Carlos IV, cuyo reinado (1788-1808) fue contemporáneo de la Revolución Francesa. Por miedo a ella y a su posible expansión por España, cerró las fronteras y reforzó los principios del Antiguo Régimen, abandonando todo planteamiento que pudiera hacer dudar del poder absoluto de la monarquía. A sus espaldas, su querido ministro Manuel Godoy utilizaba la corona y la monarquía como pieza al servicio de sus intereses. Cuando Napoleón llegó al trono de Francia, Godoy vio en él un referente y quiso ser un pequeño Napoleón, para lo que intentó un acercamiento político y militar, que llevaría al derramamiento de mucha sangre española en los comienzos del siglo XIX.
Pero Carlos IV no murió en el trono. Su hijo Fernando le invitó a dejarle el sitio. El siglo empezaba convulso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario