Imagen tomada de la web biografíayvidas.com
Julián Zugazagoitia (Bilbao, 1899-Madrid, 1940) fue un periodista, escritor y político, conocido también como Zuga o por su periodístico pseudónimo de Fermín Mendieta. Trabajó en diversos periódicos hasta llegar a dirigir el madrileño El Socialista. Fue diputado por el Partido Socialista Obrero Español en las cortes constituyentes de la II República y volvió a resultar elegido diputado en las elecciones de 1936.
Dentro del Partido, se adscribió a la corriente moderada de Indalecio Prieto aunque ya durante la guerra se acercó a las tesis de Juan Negrín, quien lo nombró Ministro de Gobernación y posteriormente Secretario General del Ministerio de Defensa. En estas funciones gubernamentales compartió las tesis de Negrín para resistir militarmente, en espera del estallido de la guerra europea. Siempre se mantuvo alejado de la influencia comunista en este gobierno.
Al terminar la guerra marchó al exilio, como tantos otros dirigentes republicanos, pero en 1940 fue detenido por la Gestapo, tras la invasión alemana de Francia. Enviado a España, fue juzgado en un consejo de guerra sumarísimo, condenado a muerte y ejecutado a los pocos días, concretamente el 9 de noviembre, cuando fue fusilado en las tapias del cementerio de la Almudena, entonces cementerio del Este.
Durante los meses que vivió en Francia, entre otras ocupaciones, redactó sus memorias de guerra, a instancias de sus compañeros de La Vanguardia, periódico de Buenos Aires en el que se fueron publicando por capítulos. En el prólogo de la obra advertía que debían tomarse "estas páginas, no como una Historia de la guerra, sino como una contribuión desinteresada para quienes, con el debido rigor, se propongan escribirla imparcialmente. (...) Descuento que nadie agradecerá la ausencia de recodos polémicos con que este libro ha sido escrito. Ése que me parece su mérito, será su desracia. No gustará a nadie". En efecto, sorprende la objetividad periodística con la que están escritas estas páginas, cuyo autor había sido protagonista principal, miembro del gobierno, que se había enfrentado al alzamiento militar de 1936. A continuación a firmaba que "es todavía temprano para permitirse el lujo de la imparcialidad". ¿Lo será aún, casi 80 años después? Algunos parecen empeñarse en negarnos ese lujo.
En efecto, leyendo el primer párrafo del prólogo, parece que se dirigiera a nosotros, desde la distancia de los tiempos, al afirmar que "la guerra de España no ha terminado. Conocemos el fin de las operaciones militares, pero el conflicto continúa. Guerra es también, según la Academia Española, toda especie de lucha y combate, aunque sea en sentido moral. A esas luchas y combates me refiero al afirmar que no ha terminado la querella de los españoles. Lo que ha perdido en crueldad militar, lo ha ganado en virulencia política. Victoriosos y derrotados continuamos odiándonos con la misma fuerza, pero rezumándonos la pasión y no queriendo dejar sin empleo el sobrante, unos y otros, respondiendo a la misma naturaleza, nos hemos dividido y subdividido enconadamente. Las banderas españolas son, por esa causa, múltiples. Enumerarlas, indicando el nombre de cada abanderado, sería abusar de la paciencia del lector y, por lo que a mí hace, renovar un sentimiento que participa, a partes iguales, de la tristeza y de la indignación. Tristeza por nuestra radical insolidaridad, indignación por la constancia con que la fomentamos. Todo hace presumir que ni los triunfadores fecundarán la victoria, ni los derrotados escarmentaremos en el descalabro. No hay peor enemigo del español -y de lo español- que el español mismo".
Emocionan las palabras que pone en boca del Presidente del Gobierno, Negrín, supuestamente al volver del frente, donde había visto el pueblo de Granollers bombardeado, repleto de víctimas civiles, mujeres y niños. Posiblemente estas palabras fueran los propios pensamientos de Zugazagoitia, y de tantos españoles de ambos bandos: "¡Qué terrible es todo esto! Mucho más cuando se ha llegado a la convicción de que todos, absolutamente todos, socialistas, comunistas, republicantos, falangistas, franquistas, ¡todos!, son igualmente despreciables. Si se tratase de una lucha entre ellos, me haría voluntariamente a un lado, porque ninguna de sus querellas tiene importancia ni vale el sacrificio de una sola vida. Pero se trata de España, ¡de España!, que temo mucho no acabe siendo desmembrada, a favor de nuestra propia estupidez, que nos lleva a considerarnos vascos, catalanes, gallegos, valencianos, por las potencias europeas, en un último cambalache diplomático-mercantil. Este temor es el que me da fortaleza. Si no creyera que tengo que oponerme a que España desaparezca, hace tiempo que hubiera renunciado a pedir sacrificios y me hubiera quitado, ¡con mucho gusto! de en medio".
Más adelante, tratando de ciertas reacciones en el bando republicano de políticos y combatientes nacionalistas, cuenta cómo este asunto, tan candente en nuestro tiempo, 80 años después, indignaba a Negrín, en cuya boca pone las siguientes enérgicas palabras: "Ésa puede ser (el recrudecimiento nacionalista de la Generalidad de Cataluña), muy concreta, una razón por la que yo me marche del Gobierno. No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz si se quiere que yo continúe siendo ministro de Defensa y dirigiendo la política del Gobierno, que es una politica nacional. Nadie se interesa tanto como yo por las peculiaridades de su tierra nativa; amo entrañablemente todas las que se refieren a Canarias y no desprecio, sino que exalto, las que poseen otras regiones, pero por encima de todas esas peculiaridades, España. (...) El que estorbe esa política nacional debe ser desplazado de su puesto. De otro modo, dejo el mío. Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la de que se desprendiese de alemanes e italianos. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de adentro. Mi posición es absoluta y no consiente disminución".
En toda la obra se nos dibuja a Negrín como un apasionado patriota, de quien nos cuenta que una noche de bombardeos y melancolía en el castillo de Figueras, a punto de partir ya para el exilio, repetía las sílabas de España, reflexionando sobre su sonido, un sonido "a rumor de mieses en Castilla, a soleá de torero, a jarcias zurradas por las rachas del Cantábrico, a jota de segador, a andadura de merinos por Extremadura, a zorcico de piloto, a estremecimiento de chopos a orillas del Dureo, a sardana de payés, a frotamiento de cepas riojanas, a folía de tabaquero...¿A qué suenas tú, España, cuando no suenas a muerte?
Unos meses antes, el 18 de julio de 1938, a los dos años del comienzo de la guerra, el Presidente de la República, Manuel Azaña, pronunció en el Ayuntamiento de Barcelona el discurso que ha pasado a la historia como "de las tres p": Paz, Piedad, Perdón. Zugazagoitia informa que ya entonces algunos comentaristas señalaron que se trataba de la oposición a "las tres r" que había enunciado Negrín: Resistir, Resistir, Resistir. Zugazagoitia desgrana el texto del discurso, del que alaba la calidad literaria, para demostrar que se trataba de un contraprograma a la política que estaba desarrollando el Presidente del Gobierno, con quien mantenía unas relaciones más bien tirantes. Y cita literalmente el final del discurso, ciertamente hermoso, en el que Azaña reivindicaba la lección "de esos muertos que han caído embravecidos en la batalla luchando magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdon". Pero Zuga no se engañaba y sabía que muchos olvidarían estas palabras tan pronto como las escuchasen: "que nadie les hable prematuramente de paz y mucho menos intente disminuirles el caudal de odios. ¡Son sagrados!".
En conclusión, Zugazagoitia parece compartir la opinión que cita de Besteiro, para el cual, "los españoles nos estamos asesinando de una manera estúpida, por unos motivos más estúpidos y criminales".
Sin duda, unas memorias de guerra muy recomendables por las reflexiones serenas de su autor que, a pesar de haber vivido aquellos acontecimientos tan intensamente, saber ver las tragedias y mezquindades que todos cometieron durante aquellos funestos años.
Más adelante, tratando de ciertas reacciones en el bando republicano de políticos y combatientes nacionalistas, cuenta cómo este asunto, tan candente en nuestro tiempo, 80 años después, indignaba a Negrín, en cuya boca pone las siguientes enérgicas palabras: "Ésa puede ser (el recrudecimiento nacionalista de la Generalidad de Cataluña), muy concreta, una razón por la que yo me marche del Gobierno. No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz si se quiere que yo continúe siendo ministro de Defensa y dirigiendo la política del Gobierno, que es una politica nacional. Nadie se interesa tanto como yo por las peculiaridades de su tierra nativa; amo entrañablemente todas las que se refieren a Canarias y no desprecio, sino que exalto, las que poseen otras regiones, pero por encima de todas esas peculiaridades, España. (...) El que estorbe esa política nacional debe ser desplazado de su puesto. De otro modo, dejo el mío. Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la de que se desprendiese de alemanes e italianos. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de adentro. Mi posición es absoluta y no consiente disminución".
En toda la obra se nos dibuja a Negrín como un apasionado patriota, de quien nos cuenta que una noche de bombardeos y melancolía en el castillo de Figueras, a punto de partir ya para el exilio, repetía las sílabas de España, reflexionando sobre su sonido, un sonido "a rumor de mieses en Castilla, a soleá de torero, a jarcias zurradas por las rachas del Cantábrico, a jota de segador, a andadura de merinos por Extremadura, a zorcico de piloto, a estremecimiento de chopos a orillas del Dureo, a sardana de payés, a frotamiento de cepas riojanas, a folía de tabaquero...¿A qué suenas tú, España, cuando no suenas a muerte?
Unos meses antes, el 18 de julio de 1938, a los dos años del comienzo de la guerra, el Presidente de la República, Manuel Azaña, pronunció en el Ayuntamiento de Barcelona el discurso que ha pasado a la historia como "de las tres p": Paz, Piedad, Perdón. Zugazagoitia informa que ya entonces algunos comentaristas señalaron que se trataba de la oposición a "las tres r" que había enunciado Negrín: Resistir, Resistir, Resistir. Zugazagoitia desgrana el texto del discurso, del que alaba la calidad literaria, para demostrar que se trataba de un contraprograma a la política que estaba desarrollando el Presidente del Gobierno, con quien mantenía unas relaciones más bien tirantes. Y cita literalmente el final del discurso, ciertamente hermoso, en el que Azaña reivindicaba la lección "de esos muertos que han caído embravecidos en la batalla luchando magníficamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad, Perdon". Pero Zuga no se engañaba y sabía que muchos olvidarían estas palabras tan pronto como las escuchasen: "que nadie les hable prematuramente de paz y mucho menos intente disminuirles el caudal de odios. ¡Son sagrados!".
En conclusión, Zugazagoitia parece compartir la opinión que cita de Besteiro, para el cual, "los españoles nos estamos asesinando de una manera estúpida, por unos motivos más estúpidos y criminales".
Sin duda, unas memorias de guerra muy recomendables por las reflexiones serenas de su autor que, a pesar de haber vivido aquellos acontecimientos tan intensamente, saber ver las tragedias y mezquindades que todos cometieron durante aquellos funestos años.
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