Casi al final de su libro, Julián Zugazagoitia relata las vicisitudes de los españoles que marcharon al exilio y fueron a refugiarse a Francia. En estos tiempos inciertos e insolidarios, de escandalosos repartos de personas, conviene recordar un pasado no tan lejano en el que les tocó a nuestros abuelos estar al otro lado.
Así lo cuenta Zugazagoitia:
"La frontera separaba algo más fundamental que un país de otro, separaba la vida de la muerte. Francia no podía negarse a conceder el derecho de asilo a quienes se lo demandaban con razón de tanto precio. Fue abriendo su carretera a los niños y a las mujeres, primero, a los ancianos, después, y, finalmente, a los soldados que se replegaban... Francia no negó lo que no podía negar, en efecto; pero, ¿qué otro hubiese accedido a ser consecuente con su significación moral en condiciones parecidas? Respondo: ninguno. Francia ofreció asilo a cuarenta mil refugiados y recibió, sin impedirles la entrada, de doscientos a trescientos mil. ¿Quién puede exigirle más? Recuerdo bien cómo se nos esponjó el corazón al saber que la frontera había sido abierta y que la masa de infortunados compatriotas que golpeaba sobre ella con su instinto estaba en seguridad. Las historias posteriores -anécdotas de campos de concentración y de comisarías policíacas- cualquiera que sea su acrimonia y su crueldad, no destruyen el mérito de la conducta generosa de Francia, única nación en que se dan cita las emigraciones de toda Europa. La nuestra -denostada por tanta atribución falsa, desfigurada por las acusaciones más terribles- llegaba después de la rusa, de la italiana, de la alemana, de la austriaca, de la checa... ¿Pensó alguien que podíamos ser albergados en los castillos del Loira? ¿Dudó nadie que nuestro destino fuese el de los sospechosos, obligados a continuas comparecencias ante la policía? Centenares de peripecias de campos de concentración han lastimado muchas emociones de españoles que consideraban a Francia como su segunda patria. Pero de la misma manera es obligado decir que centenares de episodios generosos han metido dentro de la sensibilidad de otros refugiados la convicción profunda de que si en algún pueblo de Europa actúan todavía los fermentos de la solidaridad humana, ese pueblo es el pueblo francés".
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