28 septiembre 2014

La Libertad guiando al pueblo



En la clase de 1º de Bachillerato C hemos estado trabajando sobre este famoso cuadro que Eugène Delacroix pintó en 1830 para conmemorar la revolución que ese año acabó con la monarquía absoluta de los borbones, restaurada en el Congreso de Viena y permitió implantar la monarquía de Luis Felipe de Orleans, el rey burgués, que a su vez caería en la revolución de 1848. Delacroix plasmó a un pueblo en el que todavía luchaban juntos burgueses y proletarios, que aún no habían descubierto que sus intereses, necesidades y objetivos eran completamente dispares. La Libertad avanza, a pecho descubierto, guiando a ese pueblo deseoso de conquistar sus derechos y acabar con la tiranía, dando su vida en el empeño si es preciso. La bandera de Francia que lleva en una mano nos sitúa la escena en un lugar concreto y determinado. El fusil que porta en la otra mano nos indica el método al que se ve obligado el pueblo a utilizar para conquistar esa ansiada libertad.
Tras un par de días reflexionando sobre lo que la obra representa, utilizando para ello diversas "puertas de entrada" al mensaje, esto es lo que han aprendido algunos de los alumnos:

Al admirar una obra como esta, es necesario plantearse una serie de cuestiones que, de algún modo, pueden atribuirse a tu vida, por ejemplo, yo me he planteado mediante una de las preguntas, si mi vida podría verse reflejada en una imagen y de descubierto que es posible, que excavando un poco en una imagen, puedes ver el reflejo de tu vida, aunque la obra hable de otra cosa distinta.

El modo en el que un niño o un adolescente busca la libertad depende de la infancia o adolescencia que haya o esté viviendo, desde luchar por salir un viernes hasta luchar por liberarte de alguien que lleva toda tu vida (aunque sólo sean 15 o 16 años) haciéndote daño gratuito. Se podría comenzar a reflexionar sobre lo que eres, lo que quieres ser, lo que has logrado y lo que sin duda serás capaz de lograr; incluso puedes llegar a descubrir que eres mucho más de lo que crees y que eres mucho más valiente de lo que siempre habías pensado.

Se podría añadir también que las personas siempre han luchado por lo que querían tanto hace dos siglos como actualmente, en formas distintas, pero igualmente es una lucha que pone las ideas de cada uno sobre la mesa, una lucha que no sólo repercute a uno o a unos cuantos, si no que puede repercutir en otros que no quieren luchar o en muchos inocentes que se encontraban por casualidad en el camino.
¿Qué más da la edad que tengas?, una lucha por algo que verdaderamente te importa es una lucha siempre.

Alba Prieto



Cada uno hace lo que quiere con la libertad que tiene, es decir, que nosotros elegimos lo que vamos a hacer. A medida que crecemos se nos da más libertad, y debemos saber cómo aprovecharla y saber cuáles son las mejores opciones.
Cada persona adquiere más libertad con el paso del tiempo, pero debe saber qué es lo mejor que puede hacer con ella.
Por último, he aprendido que para conseguirla hay que luchar con ella. Me gustaría explicar esto último. Me baso en la actualidad y en el pasado.
Me refiero a toda la gente que lucha para que dejen de existir esclavos, para que todos seamos libres de poder elegir lo que queremos hacer. Los que luchan por los que no tienen voz.

Una alumna


Desde mi humilde punto de vista la libertad no solo se trata de un aspecto político, sino un derecho que poseemos o deberíamos poseer todas las personas. Es un derecho con el que nacemos y morimos, toda persona debe ser libre para pensar y expresarse.El concepto de libertad que hemos trabajado en clase de Historia venía acompañado de violencia, muerte y destrucción; debido a que el cuadro que tratábamos reflejaba dichos aspectos. En mi opinión la libertad no debería ir acompañada de ningún aspecto negativo, todo lo contrario, la libertad nos hace ser personas completas, nos hace vivir de forma completa, la libertad nos hace felices.Hoy en día la libertad se asocia mayoritariamente al plano político, pero la libertad empieza por el respeto de cada persona, la libertad es algo que le incumbe más a la sociedad que a la política. En Europa a lo largo del s.XX se sucedieron dos totalitarismos (el fascismo y el nacionalsocialismo) en los que la libertad de miles de personas era coartada. No se podía opinar ni actuar de forma contraria a la doctrina del régimen. Las personas no vivían de la forma como ellas querían, se les suprimía su derecho más importante. En esta época el avance de la sociedad ha sido nulo, pues la humanidad siempre ha avanzado más, en todos los aspectos, cuando cada persona ha sido libre de pensar y expresar sus propias ideas, pues la unión de tantas ideas hacen un mundo que engloba todas las ideologías y formas de pensar.En mi opinión la libertad no es solo la Independencia de un pueblo, es el derecho que una persona tiene y que debe ser bien usado para el desarrollo de la humanidad y la construcción de un mundo mejor y tolerante.

Fernando Cortés




Todos tenemos una serie de derechos, entre ellos la libertad, pero nuestra libertad acaba donde empieza la de los demás.
Tenemos libertades, pero tenemos que tener en cuenta a los demás antes de actuar.
Si algo no nos convence, tenemos que ver si no es solo a nosotros, sino a más personas también y debatir si se nos está privando de algo.
Muchas veces pensamos en nuestra libertad propia sin tener en cuenta a los demás y es allí donde la fastidiamos.
Hay veces también que exigimos nuestra libertad pero no nos comprometemos con ella. A veces pedimos cosas solo porque sí pero no sabemos mantenerlas.
No hay dos libertades iguales, así que hay que saber respetarlas todas.
Mariel Pedraz




Aparte de la libertad como factor principal de este cuadro podemos ver tristeza, violencia, muerte, etc., es decir, todo lo que causó el periodo de la Revolución francesa.
Entre las personas que se encuentran tiradas en el suelo o alrededor con armas podemos ver dos tipos diferentes de personas: burgueses y campesinos. Esto se debe a que la burguesía más liberal quería acabar con la monarquía absoluta.

Gracia Calvente 




Con esta obra el autor quiso transmitir el deseo de libertad del pueblo y lo refleja a través de la personificación de la libertad mediante la mujer del centro. Además se ve también dos clases diferentes tanto la burguesa como la obrera. También he aprendido que la única forma de transmitir el deseo de libertad era a través de la violencia ya que las peticiones del pueblo al rey no eran correspondidas. Dejando ya aparte la obra una cosa que me ha llamado la atención ha sido que sin haber estudiado nada previamente he podido sacar conceptos e ideas. En mi opinión son estos trabajos los cuales las ideas se te quedan. Me gustaría poder repetir un tipo de trabajo como estos ya que fomenta el compañerismo y el trabajo en grupo.

Javier de Ángel

 
He comprendido que la lucha por la libertad tiene sus consecuencias y más si es un conflicto armado. La libertad es algo primordial en la convivencia de los seres humanos  y por eso he sabido que esta revolución está "justificada".

También he descubierto que luchar por la libertad no tiene por qué ser coger un arma y combatir por ella, ni hacer una revolución, simplemente se ve en los hecho de cada día. La libertad es algo que necesitas, es algo que no solo se te da y uno hace lo que quiere, sino que hay que reflexionar sobre ella.
 
Ignacio Aragón

25 septiembre 2014

Reyes borbónicos (cuarta y última parte). El siglo XX. De la República a Juan Carlos I.

Cayó la dictadura de Primo de Rivera y con ella cayó la monarquía de Alfonso XIII. Vino la República, con sus primaverales aires de reforma, libertad y democracia. También con sus tormentas de rencores, anticlericalismos y sectarismos. El rey marchó a un exilio del que ya no regresaría en vida, falleciendo una década después sin haber renunciado a sus derechos al trono. Mientras tanto, en España la República había sido finiquitada por un grupo de generales que eligieron a Franco como cabeza visible, el cual aprovechó la oportunidad para aferrarse al poder con uñas y dientes. Al fallecer Alfonso XIII la monarquía no parecía ser una opción posible, lo cual provocó todo tipo de enfrentamientos entre los monárquicos. La primera cuestión era ver quién se hacía con la jefatura de una familia tan extensa como problemática. Don Juan, sexto hijo del rey, cuarto varón, fue finalmente quien ostentó dicha jefatura. Su hermano mayor, Alfonso, primogénito y heredero del rey, nació hemofilico y contrajo matrimonio morganático, por lo que hubo de renunciar al trono. El segundo, Jaime, era sordomudo de nacimiento, por lo que su padre también le obligó a renunciar a sus derechos al trono de España, no así a sus derechos al trono de Francia. Fernando, el tercero de los varones, nació muerto.
Así pues, don Juan fue el jefe de la familia real española durante la larga dictadura del general Franco. Las relaciones entre ambos pasaron por diversas fases. Don Juan creía que la devolución de la corona a su legítimo propietario -él mismo- era cosa hecha, y prácticamente se lo exigió a Franco. Éste, maestro en conservar el poder, se resistió y fue dando largas a don Juan y a la monarquía. A la vista de que no llegaba la esperada Restauración, hubo que cambiar de estrategia. Primero posponer la monarquía a un momento mejor, luego enviar a Juan Carlos a España para que se formase bajo la vigilancia de Franco, que podría así crear a su propio delfín, con el que todos estarían contentos.
En 1947 Franco aprobó la "Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado", una de las 8 Leyes Fundamentales que iría aprobando a lo largo de su largo mandato. En ella se establecía que España se constituía en Reino, siguiendo la tradición histórica. Ahora bien, la Jefatura del Estado correspondía al "Caudillo de España y de la Cruzada (sic), Generalísimo de los Ejércitos, don Francisco Franco Bahamonde". No obstante, en cualquier momento el Jefe del Estado podía proponer a las Cortes la persona que debía ser llamada en su día a sucederle, a título de Rey o de Regente. Es decir, que Franco se reservaba el derecho a decidir quién sería el rey de España, cuando él muriese.
Esta decisión no la tomó Franco hasta 1969, 22 años después de aprobarse la Ley de Sucesión. Durante todo este tiempo, los distintos candidatos al trono intentaron ganarse el favor del Caudillo, así como las distintas tendencias monárquicas que los apoyaban. De esta manera, durante esos 22 años Franco tuvo a las distintas facciones monárquicas pendientes de él y evitando cualquier tipo de conflicto con el régimen.
Finalmente, el elegido fue Juan Carlos. Durante los años que aún vivió Franco, el conocido como Príncipe de España mantuvo un perfil bajo. Se trataba de evitar que Franco diese marcha atrás, dejando que pensara que lo dejaba todo "atado y bien atado", de forma que Juan Carlos respetase el juramento de fidelidad a los principios fundamentales del Movimiento y ocupase siempre ese segundo plano y dejase a las instituciones franquistas hacer la política.
El 22 de noviembre de 1975, dos días después de la muerte de Franco, Juan Carlos fue proclamado Rey de España. En su discurso de coronación ya advirtió que quería ser "el rey de todos los españoles", de los franquistas y los no franquistas, de los que vencieron la guerra civil y de los que la perdieron. Muchos vieron en aquella expresión un anuncio de reconciliación y de... ¿democracia?
Juan Carlos I había sido designado por Franco y había jurado los principios del Movimiento. Flojos avales para emprender una tarea democratizadora. Sin embargo, fue dando pasos agigantados a un ritmo vertiginoso. Impuso a Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno. Con él, logró hacer una transición "de la ley a la ley", es decir, de las Leyes Fundamentales de la dictadura franquista a la Constitución democrática de 1978. No hubo ruptura jurídica y se evitó la ruptura social. Había nacido finalmente una monarquía parlamentaria, democrática y equiparable al resto de monarquías europeas.
Durante el reinado de Juan Carlos I España ha logrado integrarse en Europa y alcanzar un nivel de desarrollo social y económico como nunca antes había tenido a lo largo de su historia. Es cierto que quedan muchos flecos pendientes, que el pacto de silencio que hasta ahora ha existido en los medios de comunicación sobre la monarquía han tapado muchas de las miserias del rey, y que el modelo autonómico del Estado auspiciado por esta monarquía está en crisis. Aún así, los logros han sido muy potentes.
Y lo mejor de todo es que esos logros, así como las deficiencias políticas, económicas o sociales del sistema, no dependen ya de la voluntad o el capricho de una única persona, de un rey que acumule más o menos poder. El progreso y los logros españoles son más bien fruto del trabajo cooperativo y compartido por todos los millones de ciudadanos que cada día salen de sus casas y construyen esta sociedad, para bien y para mal.
Ahora, cuando apenas se han cumplido 100 días del reinado de Felipe VI, son muchas las incertidumbres que se ciernen sobre la monarquía y sobre el país. Pero queda, sobre todo, la ilusión y la esperanza de un futuro mejor, más igualitario y democrático. Ojalá muchos españoles salgan de sus casas cada día con el empeño de unir, crecer y ayudar a los demás.

13 agosto 2014

Reyes borbónicos. El siglo XIX (tercera parte) e inicio del XX. La Restauración.

La experiencia democrático-revolucionaria terminó con un general, Manuel Pavía, disolviendo las Cortes republicanas por la fuerza para entregarle el poder a otro general, Francisco Serrano, derrocado a su vez por otro general, Arsenio Martínez Campos, un año después. A los pocos días llegaba a España desde Inglaterra el hijo de Isabel II, Alfonso XII. A nadie sorprendió esta rapidez, puesto que la restauración de la dinastía borbónica venía siendo preparada por un inteligente, hábil y experimentado político andaluz, Antonio Cánovas del Castillo, a lo largo de todo el sexenio revolucionario. En ese tiempo, su estrategia fue dejar hacer, sabiendo que España pretendía convertirse en una democracia sin demócratas y luego en una república sin republicanos. Dejar hacer, dejar que el caos conquistara las calles, el parlamento y el gobierno. Esperar que el pueblo añorara el gobierno borbónico, deseara recuperar la tradición y la estabilidad, aunque tampoco es que el reinado de Isabel hubiera sido un mar de serenidad. Pero ahora se recordaba como un tiempo pacífico.
El caso es que Alfonso XII aceptó desempañar el papel que le ofrecía Cánovas, el de rey que reina pero no gobierna. La nueva Constitución, aprobada en 1876, le otorgaba aún amplios poderes, pero Alfonso XII prefirió no ejercerlos y dejar la política en manos de los políticos. Su esposa cuando actuó como regente siguió esa misma actitud, pero su hijo quiso hacer las cosas a su manera. Así le fue... Su padre, como decía, dejó la política para los políticos y se dedicó a otros asuntos más importantes: enamorar a su prima, a una princesa alemana y a unas cuantas señoras y señoritas. 
Otra pieza clave en aquel sistema fue la alternancia en el gobierno de los dos partidos liberales, ahora denominados conservador y liberal. A diferencia del reinado de Isabel II, ahora había más opciones políticas, aparte del liberalismo. Así pues, los liberales tuvieron que dejar de pelearse entre ellos y empezar a colaborar, si no querían verse fuera del poder. Práxedes Mateo Sagasta se hizo cargo del Partido Liberal y jugó a la alternancia con los conservadores de Cánovas. El sistema era democrático y funcionaba con tanta perfección que periódicamente cambiaba el gobierno y la mayoría parlamentaria. Los caciques tenían mucho que ver con eso, como brazos ejecutores de la corrupción electoral que todo lo inundaba. El rey miraba a otra parte. Todo funcionaba, mejor no meneallo.
Todo iba sobre ruedas. La monarquía estaba bien asentada con este andamiaje montado por Cánovas. La melodramática muerte de la Reina María de las Mercedes y el nuevo matrimonio por razón de Estado del lozano Alfonso añadió un toque de romanticismo al que era dificil resistirse. Todo iba bien, hasta que el rey enfermó. La tuberculosis fue comiéndose sus pulmones y acabó con su vida sin llegar a saber el sexo del hijo que esperaba. Hasta ahora todo eran mujeres. Si nacía niño, el trono era suyo. Pasados los meses de interregno, la naturaleza siguió su curso y nació la criatura. Era niño. Su hermana mayor tuvo algo más que celos del hermanito, es de suponer.
Hasta 16 años después, cuando fue declarado mayor de edad, su madre María Cristina de Habsburgo ejerció la regencia de la misma manera que había hecho su esposo, dejando que los políticos hicieran política. Hasta 1897, cuando Cánovas murió asesinado por un anarquista, siendo el segundo presidente del gobierno muerto en el ejercicio del poder, tras Prim. Al año siguiente, la pérdida de las últimas colonias en la desastrosa y humillante guerra declarada por EEUU en apoyo de los revolucionarios cubanos y filipinos supuso un duro golpe para la moral del país. Al poco, en 1902, moría también, de muerte natural, Sagasta. Ese mismo año Alfonso XII era declarado mayor de edad y accedía al trono. Se estaba produciendo un importante cambio generacional, pero los nuevos protagonistas pretendieron que todo siguiera igual.
Pero ya nada fue igual. Ni Antonio Maura, ni Eduardo Dato, ni José Canalejas pudieron mantener el funcionamiento de las estructuras creadas en el periodo anterior. Cada vez costaba más mantener el turno de gobierno: más dinero para comprar votos, más muertos en las luchas de partido y sociales, etc. Los anarquistas golpeaban duro a la burguesía, la Iglesia, el Estado y todo lo que se opusiera al Ideal. Canalejas en 1912 y Dato en 1921 fueron el tercer y cuarto presidente de gobierno asesinados en el cargo.
Los militares habían abandonado su tradición intervencionista y golpista, a cambio de que el gobierno no se metiera en los cuartos de banderas. Pero cada vez eran más los que pensaban que algo tendrían que hacer para evitar que España se rompiera, se descompusiera, se hundiera. Hasta que finalmente uno de ellos, Miguel Primo de Rivera, se decidió y dio el golpe. Nadie se preocupó de salvar un sistema en el que nadie quería. La Constitución de 1876 fue suspendida. Era el año 1923, por lo que había estado vigente, más o menos, casi 50 años. De momento la que más tiempo lo ha estado. Posiblemente el secreto de su éxito fuera que nadie le hizo caso, pero eso es otra historia.
El rey apoyó entusiasmado el golpe. Pensó que ahora su monarquía podría volver a ser lo que siempre debió ser, una monarquía fuerte, con poder y con capacidad de decisión. Primo, sin embargo, tenía otros planes para el rey. Dejarlo a un lado y utilizarlo para inauguraciones y actos de tipo lúdico-festivo-honorífico.
Al final Primo de Rivera también cayó. Alfonso XIII intentó pilotar el paso de la dictadura al restablecimiento de la Constitución y el parlamentarismo, pasando por una dictablanda presidida primero por el incompetente Dámaso Berenguer y luego por Juan Bautista Aznar, que se prolongaba más meses de los que la paciencia de los españoles podía soportar. El plan trazado consistía en celebrar primero unas inocentes elecciones municipales y luego las generales, cuando los mecanismos caciquiles estuvieran bien engrasados de nuevo. 
La cosa no salió como esperaban. En las grandes ciudades, fuera del alcance de los caciques, ganaron las candidaturas republicanas. Todo el mundo interpretó aquello como una manifestación de apoyo a la República. Dos días después de aquellas elecciones, el 14 de abril de 1931, manifestaciones populares por todo el país proclamaron pacíficamente la II República. Los líderes de los partidos republicanos formaron un gobierno provisional y el rey, para evitar males mayores, decidió marcharse del país. 63 años después de la expulsión de su abuela, otro borbón salía defenestrado por la ventana de la Historia. Muchos años después un político español dijo que cuando a los borbones se los saca por la ventana, terminan entrando por la puerta. Esta vez les costó un poco más de tiempo y esfuerzo, pero terminaron entrando.

12 agosto 2014

Reyes borbónicos. El siglo XIX (Segunda parte). Isabel II.

El reinado comenzó, pues, con una guerra. La primera guerra civil de la historia contemporánea de España, aunque no la primera guerra, como hemos visto. Dado que la reina era una niña, su madre se hizo cargo de la regencia. Ella, hija y esposa de reyes aún absolutos, hubiera preferido gobernar con plenos poderes, pero quienes estaban dispuestos a otorgárselos se habían aliado con su archienemigo y cuñado, Carlos María Isidro. Así que no tuvo más remedio que apoyarse en quienes querían limitarle los poderes a la monarquía, los liberales. Poco a poco fue introduciéndolos en su gobierno, aunque prefiriendo a los menos liberales, más conservadores. Por decirlo así, los liberales más cercanos al absolutismo. Por eso, una vez ganada la guerra, los liberales más liberales buscaron el apoyo del general que la había ganado y le ofrecieron el liderazgo y el gobierno. Baldomero Espartero aceptó ambos encantados y encabezó un golpe de estado, que tampoco era el primero ni sería el último de la convulsa historia española, para expulsar a María Cristina de la regencia y ocuparla él mismo. Corría el año 1840 y la reina tenía sólo 10 años.
Una vez en el poder, Espartero se propuso imponer la libertad en España. Imponerla como fuera, incluso a cañonazos, como cuando bombardeó Barcelona para acabar con las protestas contra el arancel que quería eliminar para favorecer la competencia, aunque eso arruinara a los industriales textiles catalanes. Acostumbrado a ordenar y mandar en los cuarteles, quiso ordenar y mandar en toda España. Y poco a poco fue perdiendo apoyos, incluso de los que se suponía que lideraba, los liberales más liberales.
Otros generales, principalmente Narváez, aceptaron la petición de los liberales no tan liberales, que ya empezaban a denominarse como moderados, para acabar con la tiranía esparterista. Un nuevo golpe de Estado, una nueva caída de gobierno y, ¿un nuevo regente? La reina, en el año 1843 en que se produjeron estos acontecimientos, tenía 13 años. Esa edad parecía poco apropiada para presidir un consejo de ministros, pero con 13 años, en apenas tres más sería declarada mayor de edad y el nuevo regente dejaría de serlo y estaría apartado del poder. Y los planes de Narváez daban para más de tres años. Mejor declararla mayor de edad ahora y cuando la reina se viera incapaz de tomar una decisión, estar a su lado para asesorarla y, claro, decidir por ella.
Así pues, con 13 años, Isabel fue declarada mayor de edad y reina efectiva de España. Su gobierno estaría presidido por el general Ramón María Narváez, el "espadón de Loja". Inició entonces un ambicioso programa de reformas, que debía convertir España en un estado liberal, pero con moderación, donde la libertad se compaginara de forma natural con el orden y la autoridad. La Guardia Civil, cuerpo por él creado en 1844, intentaba reflejar ese ideal.
En el ámbito político, decidió aprobar una nueva Constitución, cosa que hicieron las Cortes en 1845. Durante la regencia de María Cristina se había aprobado un Estatuto Real, en 1834, básicamente para atraer a los liberales con promesas vagas de unas futuras Cortes. En 1837, como esas promesas no terminaban de confirmarse, la reina regente se había visto obligada a aprobar una Constitución, entre el humo de los primeros conventos e iglesias que ardieron en España, los tiros de los descontrolados y las bayonetas de los militares impacientes. Además, en ese momento gobernaban fugazmente los progresistas, que hicieron efímeras pero profundas reformas: la desamortización de Mendizábal o esta Constitución son buenos ejemplos de ello. Una Constitución avanzada para la época, que eliminaba aspectos revolucionarios de la del 12, pero asentaba los principios progresistas, con algunas concesiones a los moderados. En 1845, con los moderados firmemente consolidados en el poder, la Constitución no tenía concesión alguna. La monarquía recortaba sus poderes, pero seguía siendo una institución fuerte. Junto a esta Constitución se puso en marcha toda otra obra legislativa que pretendía introducir a España en la senda de la Codificación, con algunas realizaciones y otros proyectos. Todo un programa de reformas que ciertamente cambiaron el sistema político de España, aunque la economía seguía siendo agrícola (con una burguesía tendente a la terrateniencia y abandonando otros proyectos comerciales o industriales que hacían progresar a otras naciones europeas) y la sociedad, en la que ya todos eran iguales ante la ley, seguía anclada en un clasicismo que prácticamente era estamental.
Diez años ejerció Narváez, directa o indirectamente, el poder, hasta que los progresistas, hartos de quedar fuera del juego del poder, decidieron recuperarlo de la única manera que podían hacerlo en aquel reinado, por la fuerza. Espartero fue sacado de su retiro logroñés para encabezar un nuevo gobierno en el que el verdadero hombre fuerte era otro general, Leopoldo O'Donnell. O'Donnell era un exmoderado, que como no podían destacar por encima de Narváez, decidió cambiar de bando liberal, algo bastante frecuente en el XIX, para apoyar este golpe, aunque desde su nuevo partido, la Unión Liberal. Fue por tanto un gobierno de alianzas y equilibrios, de apariencias y complejidades. Nuevo impulso progresista, con una nueva ley desamortizadora, impulsada por el ministro Pascual Madoz, y nuevo proyecto de Constitución, que no llegó a nacer. No tuvo tiempo porque en dos años, O'Donnell se había cansado de equilibrios y buscó cualquier excusa para que la reina pudiera retirar el apoyo forzado que había prestado a estos liberales y pudiera entregarle a él el poder en exclusiva.
Dueño absoluto del poder, O'Donnell pensó que la mejor manera de que los españoles dejaran de matarse y pelearse entre sí era que mataran y pelearan con otras naciones. Así que mandó al ejército, con el apoyo entusiasta de población, militares y políticos, nostálgicos del imperio perdido por Fernando VII, el "rey felón" a estas alturas, por esos mundos de Dios, a engrandecer el honor español frente al sultán de Marruecos, siempre regateando en los tratos comerciales, al emperador de México, morosillo él con diversos países europeos, o la mismísima Conchinchina. Mientras estaban pendientes de la Conchinchina, los españoles se olvidarían un poco de su gobierno. Aún no se había inventado el fútbol. El caso es que en estas operaciones empezaba a destacar un nuevo general, Juan Prim, que adquirió una popularidad sólo igualada en nuestros tiempos por los astros balompédicos. Tanta popularidad, debió pensar Prim, debería servir para algo más que para ondear en lo alto de un mástil.
Pero todo pasa y hasta la reina Isabel se cansó de tanta campaña. Y dejó de poder pagarlas. Así que O'Donnell se quedó sin argumento para seguir gobernando. La reina, una vez más, confió en sus moderados, a quienes entregó de nuevo el poder en 1863. Narváez una vez más movía los hilos del gobierno de España. Y esta vez no se los iban a arrebatar tan fácilmente. Endureció su gobierno, persiguió a sus enemigos, hasta que estos tuvieron que marcharse del país para defender su pellejo. Eso o intentar derribar militarmente al gobierno, único recurso político eficaz para los progresistas. Éstos, ya liderados por Prim, habían decidido unirse a otros descontentos, demócratas y hasta republicanos, para acabar no ya con el gobierno de Isabel II, sino hasta con la propia Isabel II, que cada vez que tenía oportunidad bloqueaba la llegada al poder de los progresistas. En la ciudad belga de Ostende firmaron un pacto en el que se comprometían a actuar juntos para derrocar a la reina. Lo que se hiciera después ya se vería. Lo importante ahora era derrocar a la reina. 
Los últimos años del reinado de Isabel fueron de endurecimiento del gobierno cada vez que había una nueva intentona. Y éstas no faltaron, cada año. La represión era durísima y el gobierno no dudaba en dictar y ejecutar decenas de sentencias de muerte tras cada nuevo asalto. Pero estos no cesaban, hasta que finalmente, el de septiembre de 1868 alcanzó su objetivo. La reina intentó una tímida resistencia, pero ante la realidad militar de los hechos, no tuvo más remedio que tomar un tren desde su veraneo en las vascongadas y marchar precipitadamente a Francia. Se iniciaba un periodo, que duraría seis años, liderado por Prim hasta que le descerrajaron tres tiros. Un gobierno provisional (con nueva Constitución en 1869), una monarquía extraña, la de Amadeo de Saboya, el primero de su nombre y una explosiva I República es todo lo que hizo falta para que el pueblo que había echado a patadas a la monarquía borbónica, la recordara ahora y suspirara por ella y su retorno, que no tardaría en producirse.