13 agosto 2014

Reyes borbónicos. El siglo XIX (tercera parte) e inicio del XX. La Restauración.

La experiencia democrático-revolucionaria terminó con un general, Manuel Pavía, disolviendo las Cortes republicanas por la fuerza para entregarle el poder a otro general, Francisco Serrano, derrocado a su vez por otro general, Arsenio Martínez Campos, un año después. A los pocos días llegaba a España desde Inglaterra el hijo de Isabel II, Alfonso XII. A nadie sorprendió esta rapidez, puesto que la restauración de la dinastía borbónica venía siendo preparada por un inteligente, hábil y experimentado político andaluz, Antonio Cánovas del Castillo, a lo largo de todo el sexenio revolucionario. En ese tiempo, su estrategia fue dejar hacer, sabiendo que España pretendía convertirse en una democracia sin demócratas y luego en una república sin republicanos. Dejar hacer, dejar que el caos conquistara las calles, el parlamento y el gobierno. Esperar que el pueblo añorara el gobierno borbónico, deseara recuperar la tradición y la estabilidad, aunque tampoco es que el reinado de Isabel hubiera sido un mar de serenidad. Pero ahora se recordaba como un tiempo pacífico.
El caso es que Alfonso XII aceptó desempañar el papel que le ofrecía Cánovas, el de rey que reina pero no gobierna. La nueva Constitución, aprobada en 1876, le otorgaba aún amplios poderes, pero Alfonso XII prefirió no ejercerlos y dejar la política en manos de los políticos. Su esposa cuando actuó como regente siguió esa misma actitud, pero su hijo quiso hacer las cosas a su manera. Así le fue... Su padre, como decía, dejó la política para los políticos y se dedicó a otros asuntos más importantes: enamorar a su prima, a una princesa alemana y a unas cuantas señoras y señoritas. 
Otra pieza clave en aquel sistema fue la alternancia en el gobierno de los dos partidos liberales, ahora denominados conservador y liberal. A diferencia del reinado de Isabel II, ahora había más opciones políticas, aparte del liberalismo. Así pues, los liberales tuvieron que dejar de pelearse entre ellos y empezar a colaborar, si no querían verse fuera del poder. Práxedes Mateo Sagasta se hizo cargo del Partido Liberal y jugó a la alternancia con los conservadores de Cánovas. El sistema era democrático y funcionaba con tanta perfección que periódicamente cambiaba el gobierno y la mayoría parlamentaria. Los caciques tenían mucho que ver con eso, como brazos ejecutores de la corrupción electoral que todo lo inundaba. El rey miraba a otra parte. Todo funcionaba, mejor no meneallo.
Todo iba sobre ruedas. La monarquía estaba bien asentada con este andamiaje montado por Cánovas. La melodramática muerte de la Reina María de las Mercedes y el nuevo matrimonio por razón de Estado del lozano Alfonso añadió un toque de romanticismo al que era dificil resistirse. Todo iba bien, hasta que el rey enfermó. La tuberculosis fue comiéndose sus pulmones y acabó con su vida sin llegar a saber el sexo del hijo que esperaba. Hasta ahora todo eran mujeres. Si nacía niño, el trono era suyo. Pasados los meses de interregno, la naturaleza siguió su curso y nació la criatura. Era niño. Su hermana mayor tuvo algo más que celos del hermanito, es de suponer.
Hasta 16 años después, cuando fue declarado mayor de edad, su madre María Cristina de Habsburgo ejerció la regencia de la misma manera que había hecho su esposo, dejando que los políticos hicieran política. Hasta 1897, cuando Cánovas murió asesinado por un anarquista, siendo el segundo presidente del gobierno muerto en el ejercicio del poder, tras Prim. Al año siguiente, la pérdida de las últimas colonias en la desastrosa y humillante guerra declarada por EEUU en apoyo de los revolucionarios cubanos y filipinos supuso un duro golpe para la moral del país. Al poco, en 1902, moría también, de muerte natural, Sagasta. Ese mismo año Alfonso XII era declarado mayor de edad y accedía al trono. Se estaba produciendo un importante cambio generacional, pero los nuevos protagonistas pretendieron que todo siguiera igual.
Pero ya nada fue igual. Ni Antonio Maura, ni Eduardo Dato, ni José Canalejas pudieron mantener el funcionamiento de las estructuras creadas en el periodo anterior. Cada vez costaba más mantener el turno de gobierno: más dinero para comprar votos, más muertos en las luchas de partido y sociales, etc. Los anarquistas golpeaban duro a la burguesía, la Iglesia, el Estado y todo lo que se opusiera al Ideal. Canalejas en 1912 y Dato en 1921 fueron el tercer y cuarto presidente de gobierno asesinados en el cargo.
Los militares habían abandonado su tradición intervencionista y golpista, a cambio de que el gobierno no se metiera en los cuartos de banderas. Pero cada vez eran más los que pensaban que algo tendrían que hacer para evitar que España se rompiera, se descompusiera, se hundiera. Hasta que finalmente uno de ellos, Miguel Primo de Rivera, se decidió y dio el golpe. Nadie se preocupó de salvar un sistema en el que nadie quería. La Constitución de 1876 fue suspendida. Era el año 1923, por lo que había estado vigente, más o menos, casi 50 años. De momento la que más tiempo lo ha estado. Posiblemente el secreto de su éxito fuera que nadie le hizo caso, pero eso es otra historia.
El rey apoyó entusiasmado el golpe. Pensó que ahora su monarquía podría volver a ser lo que siempre debió ser, una monarquía fuerte, con poder y con capacidad de decisión. Primo, sin embargo, tenía otros planes para el rey. Dejarlo a un lado y utilizarlo para inauguraciones y actos de tipo lúdico-festivo-honorífico.
Al final Primo de Rivera también cayó. Alfonso XIII intentó pilotar el paso de la dictadura al restablecimiento de la Constitución y el parlamentarismo, pasando por una dictablanda presidida primero por el incompetente Dámaso Berenguer y luego por Juan Bautista Aznar, que se prolongaba más meses de los que la paciencia de los españoles podía soportar. El plan trazado consistía en celebrar primero unas inocentes elecciones municipales y luego las generales, cuando los mecanismos caciquiles estuvieran bien engrasados de nuevo. 
La cosa no salió como esperaban. En las grandes ciudades, fuera del alcance de los caciques, ganaron las candidaturas republicanas. Todo el mundo interpretó aquello como una manifestación de apoyo a la República. Dos días después de aquellas elecciones, el 14 de abril de 1931, manifestaciones populares por todo el país proclamaron pacíficamente la II República. Los líderes de los partidos republicanos formaron un gobierno provisional y el rey, para evitar males mayores, decidió marcharse del país. 63 años después de la expulsión de su abuela, otro borbón salía defenestrado por la ventana de la Historia. Muchos años después un político español dijo que cuando a los borbones se los saca por la ventana, terminan entrando por la puerta. Esta vez les costó un poco más de tiempo y esfuerzo, pero terminaron entrando.

12 agosto 2014

Reyes borbónicos. El siglo XIX (Segunda parte). Isabel II.

El reinado comenzó, pues, con una guerra. La primera guerra civil de la historia contemporánea de España, aunque no la primera guerra, como hemos visto. Dado que la reina era una niña, su madre se hizo cargo de la regencia. Ella, hija y esposa de reyes aún absolutos, hubiera preferido gobernar con plenos poderes, pero quienes estaban dispuestos a otorgárselos se habían aliado con su archienemigo y cuñado, Carlos María Isidro. Así que no tuvo más remedio que apoyarse en quienes querían limitarle los poderes a la monarquía, los liberales. Poco a poco fue introduciéndolos en su gobierno, aunque prefiriendo a los menos liberales, más conservadores. Por decirlo así, los liberales más cercanos al absolutismo. Por eso, una vez ganada la guerra, los liberales más liberales buscaron el apoyo del general que la había ganado y le ofrecieron el liderazgo y el gobierno. Baldomero Espartero aceptó ambos encantados y encabezó un golpe de estado, que tampoco era el primero ni sería el último de la convulsa historia española, para expulsar a María Cristina de la regencia y ocuparla él mismo. Corría el año 1840 y la reina tenía sólo 10 años.
Una vez en el poder, Espartero se propuso imponer la libertad en España. Imponerla como fuera, incluso a cañonazos, como cuando bombardeó Barcelona para acabar con las protestas contra el arancel que quería eliminar para favorecer la competencia, aunque eso arruinara a los industriales textiles catalanes. Acostumbrado a ordenar y mandar en los cuarteles, quiso ordenar y mandar en toda España. Y poco a poco fue perdiendo apoyos, incluso de los que se suponía que lideraba, los liberales más liberales.
Otros generales, principalmente Narváez, aceptaron la petición de los liberales no tan liberales, que ya empezaban a denominarse como moderados, para acabar con la tiranía esparterista. Un nuevo golpe de Estado, una nueva caída de gobierno y, ¿un nuevo regente? La reina, en el año 1843 en que se produjeron estos acontecimientos, tenía 13 años. Esa edad parecía poco apropiada para presidir un consejo de ministros, pero con 13 años, en apenas tres más sería declarada mayor de edad y el nuevo regente dejaría de serlo y estaría apartado del poder. Y los planes de Narváez daban para más de tres años. Mejor declararla mayor de edad ahora y cuando la reina se viera incapaz de tomar una decisión, estar a su lado para asesorarla y, claro, decidir por ella.
Así pues, con 13 años, Isabel fue declarada mayor de edad y reina efectiva de España. Su gobierno estaría presidido por el general Ramón María Narváez, el "espadón de Loja". Inició entonces un ambicioso programa de reformas, que debía convertir España en un estado liberal, pero con moderación, donde la libertad se compaginara de forma natural con el orden y la autoridad. La Guardia Civil, cuerpo por él creado en 1844, intentaba reflejar ese ideal.
En el ámbito político, decidió aprobar una nueva Constitución, cosa que hicieron las Cortes en 1845. Durante la regencia de María Cristina se había aprobado un Estatuto Real, en 1834, básicamente para atraer a los liberales con promesas vagas de unas futuras Cortes. En 1837, como esas promesas no terminaban de confirmarse, la reina regente se había visto obligada a aprobar una Constitución, entre el humo de los primeros conventos e iglesias que ardieron en España, los tiros de los descontrolados y las bayonetas de los militares impacientes. Además, en ese momento gobernaban fugazmente los progresistas, que hicieron efímeras pero profundas reformas: la desamortización de Mendizábal o esta Constitución son buenos ejemplos de ello. Una Constitución avanzada para la época, que eliminaba aspectos revolucionarios de la del 12, pero asentaba los principios progresistas, con algunas concesiones a los moderados. En 1845, con los moderados firmemente consolidados en el poder, la Constitución no tenía concesión alguna. La monarquía recortaba sus poderes, pero seguía siendo una institución fuerte. Junto a esta Constitución se puso en marcha toda otra obra legislativa que pretendía introducir a España en la senda de la Codificación, con algunas realizaciones y otros proyectos. Todo un programa de reformas que ciertamente cambiaron el sistema político de España, aunque la economía seguía siendo agrícola (con una burguesía tendente a la terrateniencia y abandonando otros proyectos comerciales o industriales que hacían progresar a otras naciones europeas) y la sociedad, en la que ya todos eran iguales ante la ley, seguía anclada en un clasicismo que prácticamente era estamental.
Diez años ejerció Narváez, directa o indirectamente, el poder, hasta que los progresistas, hartos de quedar fuera del juego del poder, decidieron recuperarlo de la única manera que podían hacerlo en aquel reinado, por la fuerza. Espartero fue sacado de su retiro logroñés para encabezar un nuevo gobierno en el que el verdadero hombre fuerte era otro general, Leopoldo O'Donnell. O'Donnell era un exmoderado, que como no podían destacar por encima de Narváez, decidió cambiar de bando liberal, algo bastante frecuente en el XIX, para apoyar este golpe, aunque desde su nuevo partido, la Unión Liberal. Fue por tanto un gobierno de alianzas y equilibrios, de apariencias y complejidades. Nuevo impulso progresista, con una nueva ley desamortizadora, impulsada por el ministro Pascual Madoz, y nuevo proyecto de Constitución, que no llegó a nacer. No tuvo tiempo porque en dos años, O'Donnell se había cansado de equilibrios y buscó cualquier excusa para que la reina pudiera retirar el apoyo forzado que había prestado a estos liberales y pudiera entregarle a él el poder en exclusiva.
Dueño absoluto del poder, O'Donnell pensó que la mejor manera de que los españoles dejaran de matarse y pelearse entre sí era que mataran y pelearan con otras naciones. Así que mandó al ejército, con el apoyo entusiasta de población, militares y políticos, nostálgicos del imperio perdido por Fernando VII, el "rey felón" a estas alturas, por esos mundos de Dios, a engrandecer el honor español frente al sultán de Marruecos, siempre regateando en los tratos comerciales, al emperador de México, morosillo él con diversos países europeos, o la mismísima Conchinchina. Mientras estaban pendientes de la Conchinchina, los españoles se olvidarían un poco de su gobierno. Aún no se había inventado el fútbol. El caso es que en estas operaciones empezaba a destacar un nuevo general, Juan Prim, que adquirió una popularidad sólo igualada en nuestros tiempos por los astros balompédicos. Tanta popularidad, debió pensar Prim, debería servir para algo más que para ondear en lo alto de un mástil.
Pero todo pasa y hasta la reina Isabel se cansó de tanta campaña. Y dejó de poder pagarlas. Así que O'Donnell se quedó sin argumento para seguir gobernando. La reina, una vez más, confió en sus moderados, a quienes entregó de nuevo el poder en 1863. Narváez una vez más movía los hilos del gobierno de España. Y esta vez no se los iban a arrebatar tan fácilmente. Endureció su gobierno, persiguió a sus enemigos, hasta que estos tuvieron que marcharse del país para defender su pellejo. Eso o intentar derribar militarmente al gobierno, único recurso político eficaz para los progresistas. Éstos, ya liderados por Prim, habían decidido unirse a otros descontentos, demócratas y hasta republicanos, para acabar no ya con el gobierno de Isabel II, sino hasta con la propia Isabel II, que cada vez que tenía oportunidad bloqueaba la llegada al poder de los progresistas. En la ciudad belga de Ostende firmaron un pacto en el que se comprometían a actuar juntos para derrocar a la reina. Lo que se hiciera después ya se vería. Lo importante ahora era derrocar a la reina. 
Los últimos años del reinado de Isabel fueron de endurecimiento del gobierno cada vez que había una nueva intentona. Y éstas no faltaron, cada año. La represión era durísima y el gobierno no dudaba en dictar y ejecutar decenas de sentencias de muerte tras cada nuevo asalto. Pero estos no cesaban, hasta que finalmente, el de septiembre de 1868 alcanzó su objetivo. La reina intentó una tímida resistencia, pero ante la realidad militar de los hechos, no tuvo más remedio que tomar un tren desde su veraneo en las vascongadas y marchar precipitadamente a Francia. Se iniciaba un periodo, que duraría seis años, liderado por Prim hasta que le descerrajaron tres tiros. Un gobierno provisional (con nueva Constitución en 1869), una monarquía extraña, la de Amadeo de Saboya, el primero de su nombre y una explosiva I República es todo lo que hizo falta para que el pueblo que había echado a patadas a la monarquía borbónica, la recordara ahora y suspirara por ella y su retorno, que no tardaría en producirse.

16 junio 2014

Reyes borbónicos. El siglo XIX (primera parte).

El siglo XIX empezó convulso, como veíamos el otro día. Godoy, deslumbrado por un plebeyo que había llegado a emperador, todo un referente para Manolito, como le llamaba Carlos IV, había vendido su alma al diablo y se había aliado con el corso y puesto a su disposición las tropas, territorios y armada española. Ésta ya no era lo que había sido, pero en ella prestaban sus servicios por aquella época alguno de los mejores marinos de la historia de España. Y todos tuvieron que ponerse al servicio del inepto de Villeneuve, a quién se le encomendó el mando de la escuadra convinada que había de derrotar a la armada inglesa, dentro de la guerra mundial que libraban Napoleón y la pérfida Albión. Trafalgar, 21 de octubre de 1805, no digo más. Una de las mayores estupideces cometidas por gobernantes españoles. Que han cometido muchas, pero esta le costó la vida a varios cientos de soldados, así como a esos marinos que lucharon heróicamente por lo que creían que era su deber. Sobrecoge aún hoy visitar el Panteón de Marinos Ilustres, en San Fernando (Cádiz), donde reposan los restos de muchos de ellos: Cosme de Churruca, Luis Pérez del Camino Llarena, Dionisio Alcalá Galiano, Frnacisco Alcedo y Bustamante, Federico Gravina y Nápoli. Y tantos otros cuya tumba es la inmensidad oceánica y un leve recuerdo. Eso sí, nos quedó la honrilla de que un arcabucero español le metió dos o tres plomos a Nelson, llevándoselo por delante. Triste satisfacción, la muerte de un hombre.
Pero Godoy seguía convencido de que cerca de Napoleón podían caerle algunas migajas. Y por eso siguió dándole todo tipo de facilidades y apoyo logístico y militar. Cuando Portugal se negó a secundar el bloqueo continental decretado por Napoleón contra sus archienemigos ingleses ante la imposibilidad de invadirla (precisamente por haber perdido el imprescindible apoyo naval en Trafalgar), Godoy se apresuró a firmar el Tratado de Fontainebleau, para permitir el paso de la Grande Armée por suelo español, en teoría de paso hacia Portugal. El año 1808 comenzó con la penetración en España de este ejército, supuestamente aliado y sólo de paso. Sin embargo, las tropas francesas comenzaron a hacer cosas raras: tomaron algunas ciudades, exigiendo acuartelarse en ellas y trataron a la población con una rudeza impropia de un aliado. Entraron también en Madrid, además de otras ciudades que no estaban en la ruta más corta hacia su objetivo. Los ánimos empezaron a caldearse. La población, harta de abusos y carestías, harta de la errática política de Godoy, soliviantada por los enemigos de éste, una nobleza envidiosa de este arribista que los había desplazado y un clero temeroso de perder privilegios, terminó amotinándose, exigiendo la destitución de Godoy. Y su cabeza. Y sus tripas, que cuando el pueblo se viene arriba ya se sabe. Y lo mejor de todo, Fernando VII, entonces Príncipe de Asturias, cansado de esperar su turno, encabezó esta sublevación para quitarle el trono a su padre. De esta manera, el 19 de marzo de 1808, durante el motín de Aranjuez, cayó el gobierno de Godoy, que salvó la cabeza y las tripas huyendo por los tejados de su palacio, así como el trono de Carlos IV. Lo que ocurrió en las semanas siguientes fue bastante patético. Carlos IV pidió ayuda a Napoleón para recuperar el trono que su hijo le había arrebatado. Fernando VII, por su parte, comunicó a Napoleón que ahora el rey era él. Napoleón debió entonces convencerse de que sus planes iban a resultar más fáciles de lo que esperaba. Los llamó a los dos a Bayona y allí, entre amenazas y promesas, entre lloriqueos monárquicos y pataletas reales, ambos abdicaron en Napoleón, quien le entregó la corona a su hermano, José Bonaparte, José I para los libros de historia y Pepe Botella para los panfletos de las tabernas de la época. Mientras tanto, en España, el pueblo de Madrid intentó impedir que el resto de la Familia Real también fuera "secuestrada" por los franceses. Era el 2 de mayo. Ese día y esa noche, los franceses dejaron claro que no venían como aliados.
José I no es borbón, así que no voy a pararme en el que habría sido un buen rey si le hubieran dejado reinar. Parafraseando al Mio Cid, podría decirse de él que hubiera sido buen señor si hubiera tenido buenos vasallos. Pero sus vasallos no dejaron de machacarlo vivo. No reinó sobre más territorio que el que pisaban sus pies en cada momento. Su trono sólo se mantuvo sujeto por tropas de su hermano, que en cuanto se despistaban eran acuchilladas, abrasadas, golpeadas, apedreadas y escupidas por cualquier andrajoso al borde de cualquier camino. Muchos debieron volver a Francia con estrés postraumático, pero este estrés no se había inventado todavía.
El caso es que a Napoleón los españoles de la época le tocaron las narices y mucho, así que decidió llevarse a sus soldaditos a otra parte y dejar a su hermano sin trono. Se presentó en Valençay, donde Fernando VII había pasado la guerra preso en un lujoso palacio y sin intención de escapar, y le devolvió el trono, con la misma facilidad con la que se lo había quitado seis años antes.
Acto seguido Fernando preparó sus cosas y se vino para España. Su objetivo era llegar a Madrid y tomar posesión de su recién devuelto trono, pero las cosas por aquí no estaban igual que cuando se había marchado. Durante la guerra, además de matar gabachos, los españoles se habían dedicado a celebrar Cortes y aprobar nada menos que una Constitución, invento maligno de los mismísimos franchutes y de la escoria de Europa arremolinada en las antiguas colonias inglesas del norte de América. Pero sí, había ahora una Constitución que limitaba bastante los poderes que tenía el rey unos años antes y Fernando no estaba por la labor de aceptar semejante humillación. Así que se hizo querer y los españoles, pensando que más valía malo conocido que bueno por conocer, que el refranero siempre ha sido la perdición de este país, empezaron a gritar vivas a las cadenas. Para qué demonios hacía falta tanta libertad si lo único que había traído era guerra y muerte.
Calculadas las fuerzas y las posibilidades de éxito, Fernando, lejos de jurar la Constitución que se encontró, prefirió quitarla de en medio del tiempo, como si nunca hubiera existido, como decía el Decreto con que la derogó. No obstante, los liberales tampoco estaban por la labor de renunciar a las libertades tan levemente acariciadas. Así que el reinado de Fernando VII fue un tira y afloja entre unos y otros. Que si se subleva Riego y soy el más constitucionalista del mundo (marchemos francamente y yo el primero, por la senda constitucional), que si llamo a la Santa Alianza para que me invada y me devuelva mis poderes, que si Cien Mil Hijos de San Luis (no eran tantos, pero el número ya asustaba), que si meto en la carcel a quien me critique y fusilo a quien haga propaganda en mi nombre. En fin, un reinado muy cansado.
Mientras tanto, Fernando iba cumpliendo años y acumulando esposas (sucesivamente, se entiende) pero la descendencia no llegaba. Si no ocurría un milagro, el heredero de Fernando sería su hermano, el infante don Carlos María Isidro. Al final lo que ocurrió fue medio milagro, porque Fernando logró la esperada descendencia, pero en forma de dos niñas. Preciosas y gorditas, pero niñas. El problema estaba en que los borbones, un siglo antes, habían sustituido el derecho sucesorio tradicional del reino de Castilla, en el que simplemente se prefiere el varón a la mujer, pero ésta puede reinar a falta de varón con mejor derecho, por el derecho sucesorio francés de los borbones y su ley sálica, que impedía definitivamente a las mujeres reinar. Y entonces es cuando intervino madre coraje. La cuarta esposa del rey Fernando VII, su sobrina Mª Cristina de Borbón, que no estaba dispuesta a que reinara su cuñado en vez de su hija. Así que alrededor del ya mayorcete y enfermo rey se desató una verdadera guerra político-jurídico-sucesoria para lograr que el rey derogara o mantuviera en vigor la famosa ley sálica. Finalmente la derogó y poco después se murió.
Rápidamente su hija mayor, Isabel, con sólo 3 añitos, fue coronada reina. Pero su tito Carlos, durante toda su vida Príncipe de Asturias y heredero de su hermano, no estaba dispuesto a que la mocosa le quitara su trono. Consideró nula la derogación de la ley sálica y por tanto se consideró el rey legítimo, proclamado como tal por sus seguidores y partidarios. Dos reyes y ninguno dispuesto a renunciar (bueno, Isabel no creo que opinara mucho, pero su madre, la reina regente, no estaba dispuesta a renunciar). Solución: guerra. La llamaron guerra "carlista", por la pretensión de don Carlos de hacerse con el trono. Otra guerrita. Bonita manera de empezar el reinado de una niña...

14 junio 2014

¿Para qué sirve un muro?

Hace unos días estuve trabajando en clase sobre el Muro de Berlín, como presentación del tema de la Guerra Fría, en la asignatura Historia del Mundo Contemporáneo, de 1º de Bachillerato. Para comenzar con este tema, les propuse a los alumnos una reflexión genérica, sobre para qué sirve un muro, uno cualquiera. Y les pregunté también si conocían otros muros a lo largo de la Historia, además del de Berlín.
Para la primera cuestión, cada uno tenía que pensar en tres utilidades y luego hicimos un recuento. Los usos que más se repitieron fueron los primeros en el mapa mental y así los fuimos priorizando, en el lado derecho. En el izquierdo, pusimos todos los muros que recordábamos de la historia. En esta foto tenéis el resultado del mapa mental que dibujamos en la pizarra. Yolanda, Ana y Javier son los artistas que me ayudaron y pusieron el toque artístico, aunque con las premuras de la clase, apenas pudieron lucirse, pero doy fe de que son unos artistas.

Los usos que le encontramos a un muro fueron:
  1. Separar. Lógicamente, empezando el tema que empezábamos, esa fue la función que más se repitió. Un muro es obvio que separa y divide: territorios, personas y comunidades, ciudades, países, etc
  2. Proteger. A veces es una función complementaria de la anterior y muchos muros se han construido a lo largo de la historia para protegernos de los otros, los bárbaros, los extranjeros, los enemigos.
  3. Aislar. Que sería lo contrario de lo anterior. Nos protegemos de los que están fuera y aislamos a los que están dentro, pero son sospechosos.
  4. Otros usos: 
    1. Aguantar. En las construcciones, los muros de carga son los que dan solidez a la obra, los que sujetan el peso y permiten aguantar en su interior todo lo que dentro de los edificios se desarrolla.
    2. Rezar. En mente teníamos el Muro de las Lamentaciones y la reciente imagen del Papa Francisco rezando ante él. Pero estuvimos también hablando del muro de la qibla, que en las mezquinas está orientado a La Meca, hacia donde deben orar los musulmanes, o el muro del presbiterio en las iglesias cristianas, que también marca la direccionalidad de la oración. Así que, en efecto, un muro también sirve para rezar.
    3. Escalar. No recuerdo quién dijo esto ni cómo lo justificó. Pero sí, supongo que los muros se pueden escalar...
Y algunos muros que recordamos de la Historia fueron:
  1. Gran Muralla China. Construida por el emperador Qin Xi-Huang Di, que reinó entre el 252 y 210 a.C., unificó el imperio, la lengua y la moneda china y a su muerte se enterró rodeado de un impresionante ejército de soldados de terracota. Ordenó construir la muralla para protegerse de las tribus bárbaras del norte.
  2. El Muro de Adriano. Construida por este emperador entre 122-132 d.C. (4 siglos y medio después de la Gran Muralla China) para servir de frontera, en la isla de Britania, con las tribus de los pictos del norte. Servía como muro defensivo y frontera político-económica.
  3. Murallas medievales. En muchas ciudades europeas se construyeron, con una función preferentemente militar, pero también cumplieron funciones fiscales, sanitarias y políticas. De todas las que existieron y se conservan, recordamos como ejemplo las murallas de la Macarena, construidas en el siglo XII por los almohades, aunque el origen de las murallas de Sevilla se cree que es romano.
  4. Los muros de las catedrales. Ya puestos en la Edad Media, han venido rápidamente a la mente, como ejemplo de muros de carga, las grandes catedrales románicas y góticas.
  5. Fronteras actuales con muros físicos. En seguida nos acordamos de la frontera entre México y  EE.UU, el muro de Israel o nuestra valla de Melilla. Del siglo III a.C a hoy, el extremo Oriente al Occidente, no parece que hayamos avanzado tanto.
Para acabar la presentación, intentamos ver (lo que nos dejó nuestra wifi), el siguiente documental, para hacernos una idea de cómo era el famoso Muro de Berlín. Hoy ya no existe, es un mero recuerdo histórico, aunque yo (ay!) recuerde perfectamente cuándo y cómo cayó:


Y acabamos la clase celebrando. Primero le dimos un aplauso a los artistas.



Luego nos lo dimos la clase entera.





Y ya puestos, un poco de espíritu adolescente y selfie al canto.


 Aún queda mucho por aprender del Muro de Berlín y de la Guerra Fría, pero yo creo que fueron 35 minutos muy bien aprovechados y en los que aprendimos algunas cosas y las pudimos relacionar con otras que ya sabíamos y generar nuevos conocimientos. Y además nos lo pasamos bien. Yo, por lo menos, estuve muy entretenido.
Gracias, 1º Bachillerato D, #ClaretSevilla.




11 junio 2014

Reyes borbónicos. El siglo XVIII.

Se acerca el final del reinado de Juan Carlos I. Hoy ha aprobado el Congreso la Ley de Abdicación, que ahora pasará al Senado, donde previsiblemente se aprobará con la misma facilidad que en el Congreso y si todo sigue su curso, en unos días subirá al trono de España el nuevo rey Felipe VI. Haciendo memoria (uy, perdón), haciendo Historia de los reinados de los anteriores borbones, en un rápido repaso (hoy del siglo XVIII), nos encontramos lo siguiente:
El primero de la dinastía Borbón fue Felipe V, que reinó entre 1700 y 1746. Para poder consolidar el trono tuvo que enfrentarse al Archiduque Carlos en una guerra que duraría nada menos que 14 años. La Guerra de Sucesión acabó con el Tratado de Utrecht, por el que entre otras cosas se cedía Gibraltar a los ingleses, algo aún no superado por la psicología colectiva española, y la toma de Barcelona por un ejército enviado por el rey de España, algo aún no superado por la psicología colectiva catalana. 
A mediados de su reinado, en medio de una de sus frecuentes etapas "melancólicas" abdicó en su hijo Luis I. Era enero de 1724, pero en el verano de ese mismo año el muchacho contrajo viruelas y no sobrevivió. No tuvo mucha suerte ese segundo rey Borbón, que tan sólo pudo reinar 229 días. De hecho, hoy casi nadie se acuerda de él. Su padre, forzando la legalidad sucesoria, por no decir que dando un golpe de Estado, recuperó la corono y siguió reinando hasta su muerte. El resto del reinado fue de vaivenes emocionales y políticos del rey y del reino.
A Felipe V le sucedió un segundo hijo, Fernando VI, entre 1746 y 1759. Este pobre hombre intentó continuar la política reformista de su padre, cosa que hicieron más bien sus ministros porque él no estaba para muchas políticas. Los desórdenes emocionales de su padre se convirtieron en su caso en manifiesta locura. Murió sin descendencia, por lo que tuvo que sucederle otro hijo de Felipe V.
En efecto, Carlos III fue el tercer hijo de Felipe V que llegó al trono, aunque su madre fuera en este caso la segunda esposa de dicho rey, Isabel de Farnesio. La obsesión de esta señora fue buscarle una buena colocación a su hijo, por lo que teledirigió la política exterior española para conseguirlo. Así pues, Carlos hizo sus prácticas como rey de Nápoles, donde pudo asistir como tal al descubrimiento de las ruinas de Pompeya y financiar sus primeras excavaciones. No obstante, al quedar vacante el trono de España (y sus colonias americanas) por la muerte de su hermanastro, Carlos no lo dudó (ni su madre tampoco) y se vino a coronar. Hasta su muerte en 1788 se dedicó a intentar modernizar y racionalizar la administración española bajo los principios del despotismo ilustrado.
Todas esas reformas fueron frenadas en seco por su hijo, Carlos IV, cuyo reinado (1788-1808) fue contemporáneo de la Revolución Francesa. Por miedo a ella y a su posible expansión por España, cerró las fronteras y reforzó los principios del Antiguo Régimen, abandonando todo planteamiento que pudiera hacer dudar del poder absoluto de la monarquía. A sus espaldas, su querido ministro Manuel Godoy utilizaba la corona y la monarquía como pieza al servicio de sus intereses. Cuando Napoleón llegó al trono de Francia, Godoy vio en él un referente y quiso ser un pequeño Napoleón, para lo que intentó un acercamiento político y militar, que llevaría al derramamiento de mucha sangre española en los comienzos del siglo XIX.
Pero Carlos IV no murió en el trono. Su hijo Fernando le invitó a dejarle el sitio. El siglo empezaba convulso.

30 marzo 2014

Tu hijo a Harvard...




La lectura última ha sido el libro de Fernando Alberca, titulado "Tu hijo a Harvard y tú en la hamaca". Leí alguna crítica y me llamó la atención el texto de la contraportada: "¿Te preocupan las notas de tu hijo, su falta de motivación y el bajo rendimiento en los estudios? (sí, mucho, me pone en crisis personal y profesional) En este libro encontrarás las claves para que cambie de hábitos y actitud, y que consiga, no solo mejores resultados académicos, sino que aprenda a estudiar con autonomía, ilusión y entusiasmo". Pues si de verdad el libro tiene estas claves, es lo que necesito. Así pues, es una lectura que he hecho más como padre que como profesor, pero aún así, pensaba que algo me podría aportar también como profesor. 
Aparte de unas cuantas perlas (ver en la imagen algunos ejemplos)

en el libro me he encontrado también algunas orientaciones y explicaciones. También algunas pautas, más fáciles de leer que de poner en marcha, pero que habrá que intentar.
 Lo primero que se sugiere es un cambio de actitud, abordar los estudios y las notas como lo que son, un medio y no un fin en sí mismo. Un medio para aprender y también para ser feliz, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Algunas consideraciones generales sobre el aprendizaje y el estudio, como la necesidad de unir afecto, relación y buenas notas, para generar esa actitud adecuada y la suficiente motivación como para mantener el esfuerzo en el tiempo.
Entre las razones (discutibles algunas, probablemente incompletas) de por qué se sacan malas notas, el autor cita:
1. El más frecuente: no saber leer bien.
2. Los celos: la necesidad de confirmar si se es querido pese a ser diferente de otros hermanos.
3. La desmotivación que les supone unos padres tan admirables en los estudios.
4. La excesiva agresividad provocada por una adolescencia mal llevada y gestada especialmente por la sobreprotección entre los tres y siete años de edad.
5. La sensación de no pertenecer al grupo puede provocar que uno desee escapar de ese grupo, repitiendo si es la única salida.
6. La enemistad entre un alumno y un profesor concreto.
7. La clasificación del profesor que ha etiquetado a un alumno.
8. La baja autoestima.
9. La timidez.
10. El desconocimiento del idioma.
11. El exceso de sensibilidad, emotividad y la tendencia a la resignación.
12. La sobreprotección.
13. El desconocimiento de las técnicas de estudio más necesarias.
14. Las dificultades como el déficit de atención, concentración o la superdotación.
15. Padecer una enfermedad que haga insalvable la posibilidad de estudiar.
Todas estas razones están convenientemente explicadas en el libro, y de todas ellas, el autor resume diciendo que "el motivo más recurrente para sacar buenas notas es la alta autoestima y el deseo de satisfacer especialmetne a los padres. La causa más frecuente de las malas notas, la sobreprotección y la baja autoestima". También se apuntan en el libro las posibles formas de vencer todas estas dificultades y obstáculos.
Cuando aparece el fracaso, suele adoptarse alguna de las cinco posturas que enumera el libro: repetir; intentar salvar el obstáculo de otro modo; huir; otro camino para el mismo destino; echarle la culpa a los demás.
Pero el cambio es posible. Con la actitud y la ayuda adecuada de los padres y profesores y un esfuerzo continuado por parte del estudiante, empezando poco a poco, el cambio es posible. Y para ir poco a poco, el libro desgrana una serie de técnicas y consejos de estudio, muchos sobradamente conocidos pero que hay que recordar y, sobre todo, poner en práctica.
La actitud, por tanto, lo es (casi) todo.